La visión urbana de los media

Con todas esas alforjas de escepticismo a cuestas, seguía yo —y sigo, pues importa conocer al enemigo—asistiendo a los programas de noticias, y La Sexta era mi cadena preferida, la misma que durante el último mes se ha pasado de aquel castaño oscuro. Durante días y días, la información relativa a la pandemia en el programa «Al rojo vivo» va acompañada de una pantalla incisa en la que aparecen imágenes de algunas ciudades. El realizador del programa se llama Julio Gimeno e imagino que recibirá órdenes (no sé si de su director Gª Ferreras o del jefe del director que es un ejecutivo del grupo Planeta) para que esas imágenes sean siempre las mismas. Y durante días y días, como la gota malaya, esas imágenes nos muestran el monumento de la Sagrada Familia, la playa de la Barceloneta, el edificio de la torre fálica «AGBAR», una rotonda del Paseo de Gracia, el arco de la entrada de la Feria de Barcelona…; el museo Guggenheim, la Ría bilbaína…; la fuente de La Cibeles, la calle Alcalá con su puerta neoclásica al fondo, el paseo de la Castellana y los cuatro icónicos rascacielos del capitalismo rampante. La intención subliminal es —otra vez— bien clara: trasladar a nuestra conciencia la superior jerarquía de determinados territorios respecto a otros, directamente ligados, además, a su porcentual grado de presión política periférica. La general bipolarización social, política y cultural que muestra España es tan singular que la hace particularmente hortera respecto a otros países europeos y pone en duda su grado real de civilización, mientras que el triángulo Madrid-Cataluña-Vascongadas es un nuevo Bermudas que todo lo hace desaparecer. España es más que eso, como es obvio, pero nos quieren convencer de lo contrario. En esta estrategia centrípeta y de centrifugado selectivo, intervienen los medios de comunicación con absoluta consciencia de su papel, asunto que es muy grave y que debería tener su reflejo en la reducción drástica de los niveles de audiencia si tuviéramos el mismo grado de consciencia crítica acerca de sus prácticas. Es más grave aún en estos días, cuando las tragedias, terrores, inquietudes, dramas, precariedad de medios, solidaridad de determinados profesionales que desencadenan la pandemia son los mismos en todos los territorios de esta «tierra de conejos» como la llamaron los cartagineses. No podemos aceptar que se nos traslade la consideración de que la calidad (la calidad, repito) de una vida madrileña, catalana o vasca (aunque cuenten con más casos de contagio) sea mayor que la de una albaceteño, turolense o soriano. De acuerdo con las selectivas imágenes (ni por casualidad una de Cuenca, o de Ciudad Real, o de Lugo, o de Zamora…) que el realizador Julio Gimeno —por sí o por orden— emite en ese programa, las víctimas de aquellas ciudades parecen, si cabe, ser más víctimas aún que las del resto del país. Pero las calles vacías, la inactividad, el  desaliento, la desolación… son iguales en Almería, en Cáceres, en Segovia o en Huesca. Parece, sin embargo,  que el resto de España viva en una especie de Arcadia feliz que no ha sido tocada por la desgracia de la peste coronada.

«Al rojo vivo» también informó de la videoconferencia de los alcaldes de las siete ciudades más pobladas (un G-7 doméstico); es decir, los alcaldes de Madrid, Barcelona, Valencia, Zaragoza, Sevilla, Málaga y Murcia. El mismo realizador Julio Gimeno mostró solamente los rostros de… … (¡bingo!) naturalmente: del alcalde de Madrid y de la alcaldesa de Barcelona.

Hay que desterrar, y exigir que se destierre, esa visión nacionalcentralista o nacionalperiférica educada en el sentido puramente urbano y arrogante de la existencia: su realidad es bien diferente —y volvemos al principio— a la de la España rural, pero el sufrimiento producido por la enfermedad es el mismo; la realidad de esta España vaciada, en cambio, sigue siendo abismalmente distinta a la de las ciudades y su vértigo: medios muy escasos, personal sanitario en precario, hospitales alejados, infraestructura logística insuficiente… Sin embargo, a esta España interior se le aplica, sin matices, sin atender a las especificidades del medio rural la misma norma («la norma no puede estar por encima de la razón, decía Valle-Inclán») que a las ciudades, como si Madrid, por ejemplo, fuera España entera. Los medios de comunicación no pueden rendir pleitesía a esa perspectiva exclusivamente urbana, centralista y cutre que ha creado la impertinente petulancia estrábica de unos cuantos políticos iletrados desde la Transición hasta hoy; antes al contrario, los media deberían, en tanto que hablan de objetividad, poner esa perspectiva en tela de juicio. O, cuando menos, abrir un debate especulativo (de ideas, quiero decir, y prácticas) y preguntarse si otra información es posible.

0 comentarios

Dejar un comentario

¿Quieres unirte a la conversación?
Siéntete libre de contribuir!

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *