Portada del libro Satirilogio.

«Satirologio» de José Verón Gormaz, en la estela de Marcial. Celtiberia literaria viva.

Por Manuel Martínez-Forega

José Verón Gormaz es ya un viejo cultivador del epigrama; lo atestigua la segunda parte de sus Ceremonias dispersas, título nada menos que de 1990. El asunto epigramático no quedó ahí en la obra de Verón: Epigramas del último naufragio,de 1998, Epigramas incompletos, de 2007 y Sala de los espejos, de 2014, dan testimonio de esta práctica que continúa con este Satirologio. Que el título entrañe una apología de la sátira da idea también del gusto por una morfología poética que reúne en sí misma —digámoslo para escarnio de los exacerbados negacionistas— el célebre axioma horaciano: prodesse et delectare. Porque, en efecto, lo que recomienda Horacio en su Epistula ad Pisones es Aut prodesse volunt, aut delectare Poetae, / Aut simul et jucunda et idonea dicere vitae (vv. 333-334[1]); es decir, que los poetas deben aplicarse a divertir a la vez que a instruir y, además, a escribir palabras bellas y que sean útiles para la vida. De donde se deduciría que Horacio era (al menos en esta parte de su Ars poetica) partidario del didactismo en poesía y, hoy, lo enfrentaría sutilmente a corrientes que defienden, por ejemplo, la «poesía pura»; para entendernos mejor: Horacio estaría en los antípodas del krausismo o del parnasianismo (que, por cierto, no hizo ascos al epigrama marcialesco), pero acaso muy cerca de la Poesía útil[2] de un Ángel Guinda y —¿por qué no?— de los dieciochescos «salones literarios» en los que querría tomar cuerpo y vida la diletante instrucción del poeta romano y republicano.

La epigramática de José Verón toma no sólo la base fundacional de su contenido (el asunto), sino la parte didáctica que cabría colegir (la forma) del uso apropiado de un lenguaje expuesto a ser contrastado con su finalidad. Pero ese apartado didáctico es implícito toda vez que Satirologio está exento de cualquier tipo de admonición. Su «utilidad» y su enseñanza han de extraerse de la propia lectura que penetra en nosotros por inferencia de su carga moral y por su recidivante tono crítico. Verón no nos dice que debamos seguir o aceptar sus apreciaciones; se queda al margen. Pero sería ingenuo pensar que lo propusiera así. El arte ha de considerar, por lo tanto, que no todo lo que se dice es lo que se desea, y al contrario. Esta especie de embaimiento es consustancial a la literatura toda, sin distingos, de manera que nunca podemos escapar a lo que Émilie Teste le confiesa a «un amigo» en una carta preciosa que, en realidad, destila la concepción sobre el carácter humano de Paul Valéry en su Monsieur Teste: «Nous ne pensons jamais que ce que nous pensons cache ce que nous sommes.»[3]. No quiere ello decir, en todo caso, que sea así siempre (¿o sí?), por eso resulta tan pintiparado el uso del monólogo dramático en toda propuesta epigramática: la búsqueda de un personaje exento al que subvertir, sancionar o burlar. Esto en el epigrama moderno. En el clásico (aunque Catulo fuera tanta veces directísimo), ese personaje no es más que el personae; esto es, la máscara tras la que ha de ocultarse el nombre real. Tampoco el epigramista moderno escribirá para obtener su spórtula, de modo que la actitud crítica sólo responderá a la nobleza de su pensamiento y a la convicción moral de sus observaciones. Satirologio reúne estas naturalezas artísticas y psicológicas.

José Verón Gormaz acude a todas ellas con la sabiduría y la certeza de conocerlas y las expone con la naturalidad que es propia en quien ha recorrido ya un largo trecho en el camino del lenguaje satírico. El hilo acentual satírico constituye un asunto que ha poblado la literatura de todos los tiempos desde las primeras inscripciones apologéticas y funerarias griegas hasta, por ejemplo, Mario Benedetti, pasando por Darío, Martí, Pound, etc.; pero dilatar estos preliminares con la forma de la composición epigramática no tiene sentido cuando el acceso a este tipo de información está al alcance de la mano de cualquiera que maneje elementalmente un navegador[4]. Me bastará  con señalar que la estructura estrófica hispana estaba compuesta de dos redondillas de rima independiente abba y que ha sido profundamente modificada a lo largo del tiempo; en España, por Lope, Quevedo y Góngora fundamentalmente[5] y que ha roto todos sus límites para aplicarse a la polimetría rítmica. Tampoco —y por la misma razón— diré nada —salvo que Verón lo utiliza magistralmente— del preceptivo aculeus (el aguijón convertido en paradoja o aparente contradicción y que distingue tan característicamente la morfología del epigrama). Sin embargo, sí me interesa destacar el estilo polimétrico de los epigramas veronianos, lo que le concede no sólo un rasgo de modernidad, en el más puro sentido del término, y le añade ese matiz que tantas veces se sacuden inconscientemente de encima los poetas asimismo inconscientes: la cita con la tradición. La polimetría no es nada nuevo, en efecto, y, hoy por hoy, es, a veces, el impertinente pan de cada día.

Otra cosa es la polimetría rítmica, algo ya más complejo, que tan copiosamente ejercitaron los poetas noventayochistas constituyéndose en uno de los finales rasgos distintivos del Modernismo. Pues bien, es obligado señalarlo como distingo estilístico de Verón e incrustarlo en esa tradición. En Satirologio frecuentará Verón los endecasílabos, alejandrinos y heptasílabos para mejor conducir sus versos y, sobre todo, para guiarnos hacia el objetivo: si la poesía es, preventivamente considerada, un ejemplo del impresionismo emocional, en su forma epigramática adquiere, por el contrario, un aspecto expresionista; es decir, tiende a destacar en trazo grueso el defecto o la virtud de la condición moral, de la tipología, de los vicios, de los pecados, del carácter y del fondo psicológico que contiene el alma humana de todos los tiempos, las sociedades de todos los tiempos, la política, el comercio, la corrupción, el sexo, el amor, la muerte, las utopías y distopías de todos los tiempos. El epigrama, además, es una forma de comunicación directa y, como tal, propende a subrayar  los hábitos —mores— de un ambiente principalmente costumbrista. O, lo que es lo mismo, un contexto en el que todos nos reconocemos y del que todos abominamos o no según nuestras propias filias y fobias así lo deduzcan.

Portada del libro Satirilogio.
Portada del libro Satirilogio.

En el poema portical de Epigramas incompletos[6] José Verón se declaraba deudor de Marcial y de Catulo («…hay algo de Marcial en mis poemas, / y en él, / tal como en mí, / hay algo de Catulo, / y en los tres hay, sin duda, / un viento universal que nos inspira: / la humana condición y sus miserias. //»). No podía ser de otra manera si nos atenemos a una lógica apresurada: de acuerdo: deudor del Catulo republicano y del Marcial postaugusteo (por cierto, ambos comparten el cognomen Valerio y, como en aquella Sala…, la serie nominal que jalona este Satirologio es de cabal acento latino). Decía que José Verón se declaraba deudor de ambos autores latinos porque el ánimo de Verón está verdaderamente más próximo a su asepsia moral que a la carga ética, moralizante, que manifiestan otros cultivadores barrocos o incluso posteriores; José Verón está más atento quizá a que, en cierto modo, sus deslices líricos escudriñen entre el léxico no sólo para autoinmolarse en el ara de un yo expreso, como en el poema «Oriente en llamas», ejemplo conmovedor de censura sobre la brutalidad humana en el que basta sustituir a César por cualquier sátrapa o señor de la guerra actual; no sólo para reclamar la buena dicción a través de ese plural irónico de «Frecuencia modulada»; no sólo, en fin, para atestiguar la corrupción en el ámbito de los galardones literarios que atestigua «Cambio de cromos». No sólo por estas razones ejemplares, sino también para dotar a su lenguaje del barniz estético al que José Verón nunca puede escapar, como tampoco escapa en ninguno de los tres poemas que acabo de citar, impregnados, como el resto, del excelente flujo rítmico que citaba más arriba.

Añadamos a estas certezas la absoluta congruencia que nuestro «Marcial Segundo», como seguramente lo habría definido Ignacio Prat, manifiesta a lo largo de toda su trayectoria epigramática. Si un día decide regalarnos los ojos con una edición de sus Epigramas completos (negando concluyentemente así uno de sus títulos) observaremos lo que digo de manera absolutamente contrastable. Observaremos, por ejemplo, cómo los acontecimientos de una realidad susceptible de ser examinada desde esta perspectiva satírica brota ante nosotros captada por el ojo avizor de Verón y cómo es puntualmente actualizada. No se conformará con atender los desfalcos del espíritu humano, sus errores o la naturaleza psicológica de su comportamiento. Como Ortega y Gasset aconsejaba[7], prestará mucha atención a la «circunstancia» (ya sea histórica, social, política, etc.); es decir, que se atendrá con la precisión del notario y con la inteligencia del scriptor a dar cuenta de lo que ocurre a su alrededor sin que nosotros nos apercibamos y, sobre todo, porque nosotros no sabríamos testimoniarlo así, como él, como lo hace quien está —y se siente— capacitado para esa tarea.

Testimonio irrefutable de esa «circunstancia» y de esa adscripción notarial vuelve a ser Satirologio, que, además de los vicios y pecados universales, incluye en sus tres apartados («Epigrafías», «Elogio del rumor» y «Aproximaciones») los últimos acontecimientos políticos, sus circunstancias y comportamientos mundiales y domésticos y las más que justificadas alarmas sociales. Desfilarán, pues, por esta pasarela algunos personajes que, como el «Oso Donald», caprichosos, arrogantes e inhumanos, ponen permanentemente en riesgo la paz mundial; rábulas vociferantes que defienden con deficiente educación postulados etnicistas; xenófobos personajes cuyo discurso se funda en un pedigree genético imposible por muchas razones; historiadores prevaricadores que sancionan como verdaderas las leyendas de un imaginario espurio; políticos «rufianescos» que convierten sus discursos en modelos circenses de ínfima estopa; la sistematización de la mentira, de la postverdad y de la corrupción políticas; el  inadmisible hastío de quienes deberían con los ojos bien abiertos ocuparse de la administración del bien común; la grave situación de la mujer ante su maltratador; la ineficacia costosísima de instituciones públicas como el Senado… O sea, todo lo que actualmente atañe a quienes asistimos a la permanente configuración de la España contemporánea.

En los treinta y cinco años que Marcial vivió en Roma conoció el reinado de ocho emperadores, desde Nerón a Trajano. Ocho maneras de entender la política del Imperio y su repercusión en la sociedad romana. Y si sabemos mucho del carácter de esa sociedad imperial es gracias, precisamente, a los retratos y a las tipologías recogidas en los epigramas marcialescos. El José Verón deudor de Marcial no ha necesitado, en cambio, salir de Bílbilis para conocer, igualmente, una dictadura, una monarquía con dos reyes y ocho gobiernos constitucionales y constatar que sus efectos políticos no modificaron en casi nada los vicios y comportamientos de la sociedad española. Satirologio añade ahora los acontecimientos (y sus secuelas) sociales y políticos e incluso tecnológicos que han ido posándose durante los últimos años en un territorio sacudido por el terrorismo yihadista y por el terrorismo de sexo, la tragedia en apariencia imparable de la emigración y los refugiados, la corrupción política generalizada, las nefastas consecuencias que para el idioma tiene la comunicación digital y los postulados onfálicos de determinados territorios.

Todo en su conjunto es susceptible de elevarse a categoría crítica en cuanto que sus distintos matices están representados por comportamientos humanos; sería poco menos que necio considerarlos en su simple dimensión estructural u orgánica. De ahí que José Verón descienda hasta el fondo, hasta encontrar el tipo específico que los singulariza en su imperativa búsqueda de servir a la verdad por medio de la parodia, la sátira o el sarcasmo, formas todas ya pertenecientes al ámbito de la estética, y la única manera de hacerlo es encontrar a través de ellas el perfil del responsable. En otro caso, no estaríamos hablando de una escritura epigramática, sino de una escritura ensayística adscrita al calificativo pertinente en cada caso.

Lo que José Verón nos propone siguiendo modelos estéticos anteriores es, primero, constatar que los sigue, lo cual es asunto que rinde su pluma a la inteligencia, y, segundo, aguzar la vista y el oído; es decir: estar al loro de lo que pasa y de lo que no pasa; de lo que se dice y de lo que se omite a nuestro alrededor en las cosas públicas y sobre las cosas públicas. Estar al loro no significa únicamente enterarse de esas cosas; debe traducirse también como la capacidad para trasladárnoslas a todos aquellos que no las percibimos. Semejante actitud incumbe a un espíritu con —lo reitero— capacidad notarial que, además, puede ―porque sabe― extraer lo justo y necesario con una finalidad artística. Esa actualización circunstancial que advertía antes y que se materializa en los más recientes acontecimientos sociopolíticos, incumbe, por su naturaleza humana, a los tipos de la actual comedia también humana: oportunistas, sinvergüenzas, hipócritas, avaros, degenerados, petulantes, soberbios, tramposos, busconas, estafadores, gorrones, analfabetos, indiferentes, insolidarios, corruptos, solapistas, legos, acosadores, exhibicionistas, eruditos a la violeta… No falta nadie y nadie escapa a la sátira, a la denuncia, al registro de este maravilloso Satirologio.

No bastaría, por supuesto, la fe notarial del poeta para cifrar en realidades sintéticas muchos de los caracteres tipológicos asentados en su libro. Son fundamentalmente necesarios el genio y la sabiduría para profundizar y encontrar el fondo miserable y oculto de las aparentes grandezas humanas que Verón nos revela haciendo un alarde de concisión, vitalidad y buen humor sin renunciar a la gravedad. Si no he leído mal, sólo en un poema («Sonrisas traidoras») muestra Verón su lado adversativo, pero no lo hace con ánimo moralizante, sino con la asepsia de un diagnóstico clínico y la recomendación de una terapia sugerida por el sentido común. En definitiva, Satirologio instaura, una vez más, el modelo de un consciente temple crítico en torno a una realidad que va transformando sus significantes, aunque permanece invariable en su significado. Éste, por ser interior e inherente a su semántica, constituye un hecho universal naturalmente humano; campo abonado, por consiguiente, para el futuro epigramático de José Verón Gormaz. Que así sea.


[1] El Arte poética de Horacio, ó Epístola a los Pisones, traducida en verso Castellano por D. Tomás de Yriarte, Madrid, Imprenta de la Gazeta, 1777.

[2] Madrid, Sí al No, Librería de las Musas, 1994. Reproducido en Ángel Guinda, La experiencia de la poesía, Zaragoza, Pregunta Ediciones, 2016, págs. 41-46.

[3] Zaragoza, Libros Certeza, 2013, pág. 33: «Jamás pensamos que lo que pensamos oculta lo que somos.»

[4] En todo caso, puede consultarse también el prólogo de Jaime Uyá Morera a Epigramas. Marcial, Barcelona, Ediciones Zeus, 1969, págs. 9-14. También puede acudirse a Julio Casares, Diccionario ideológico de la lengua española, Barcelona, Gustavo Gili, 1942, 2001.

[5] Los cultivadores del epigrama en la literatura española histórica son legión: Garcilaso, Herrera el Divino, Bartolomé Leonardo de Argensola, Juan de Jáuregui, Quevedo, González de Salas, Manuel de Salinas, Rodrigo Caro, sin contar imitadores como Baltasar de Alcázar, Ruiz de Alarcón y otros.

[6] Calatayud, Centro de Estudios Bilbilitanos, 2007.

[7] Meditaciones del Quijote9, Madrid, Revista de Occidente, 1975, pág. 30.

0 comentarios

Dejar un comentario

¿Quieres unirte a la conversación?
Siéntete libre de contribuir!

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *