Claustrofilia: Ángel Guinda en la memoria selectiva.

Recuerdo que a principios de los años 90 (1992, quizá), en la sobremesa de una espléndida cena que nos preparó Elena Pallarés en su casa, Túa Blesa, excelente profesor y magnífico archimagirus repostero para la ocasión, anotó una frase de Luis Cernuda: «Esa vieja aspiración humana de la soledad». Y la cita venía a propósito, pues con nosotros, además de Alfredo Saldaña, se encontraba Ángel Guinda entregándonos las primicias de su Claustro, de cuyo fervor poético hemos sido enterados por inteligentes lecturas. Como insobornable admirador del hombre y del poeta, acusé la entrega con emoción e impaciencia, porque lo que verdaderamente ese claustro encierra es el mundo, aunque un mundo de soledades no paradójicamente compartidas.

La soledad es un estado —y una emoción— paralítico que posee el poder de excitar. La soledad no es un tránsito ni un fin; es un estado perpetuo —eterno no— en cuanto condición y aspiración humanas, pues no ha servido sólo para ejemplificar desde sus primeras invocaciones escuelas de meditación o de recreo, sino que, como recurrente literario, la hemos corporeizado per singulos dies. Zenón, Dilecto, Góngora…, la gloriosa lamentación romántica, Pavese… hasta hoy con más acusada urbanidad y paradigmático urbanismo. El heroico y brillante picaporte de la poesía decimonónica es el helio que inflama actualmente nuestro globo e impulso de un Claustro que lo comparte. Si un anónimo poeta dijo que «la poesía se expresa en un foro de sordos chillones y tumultuosos», mi afinidad guindesca comparte este sentir a la vez que clama porque la soledad es no sólo cuerpo de nuestra edad, sino índice también de una capitulación que es definitiva de nuestra victoria o, lo que es lo mismo: «si lo he perdido todo, ya soy un ganador». Un Joyce interpelativo en su retrato adolescente incendió ya de soledad esta pasión irrecuperable de nuestros mejores años, y más hermoso y honesto parezca quien desde la primera vejez la reclame: «Me quedé tan solo de repente / que no tuve tiempo ni para la soledad», expresó Vladimír Holan repetidas veces, tantas como los días de los treinta y un años que permaneció voluntariamente solo, sin salir, en su casa de Kampa en Praga.

Pero la soledad es arma de un solo filo: si en las cosas más profundas e importantes estamos indeciblemente solos, será porque «las obras de arte —como Rilke dijo— son de una infinita soledad». Del margen y de la claudicación, el juramento ofensivo y revelador de la soledad, que es única. ¿Pero quién se ha atribuido sin recelo la arrogancia de la compañía? Aun compartiendo el pan en aquella cena, hablamos indefectiblemente de la soledad, un argumento manido, es cierto, pero no menos ni tanto que el de la muerte. ¿No es ésta nuestra única certeza impresa ab origine y en ella encarnado el más emblemático significado de la soledad más cierta?

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