GONGORISMO. LUIS DE GÓNGORA Y ARGOTE: EL PRIMER PASOTA.

«Con unos pocos libros libres (libres digo / de expurgaciones paso y me paseo, / ya que el tiempo me pasa como higo». Cualquier allegado a las actitudes «postnovísimas» no debería ignorar (hoy todo es «forma» y no me refiero, desde luego, a ésta cuando escribo); debería rebuscar en su conciencia para ver si encuentra lo ya hallado, y hollado luego en las arrogantes advertencias literarias. Tampoco escapa a este juicio endeble lo que pasa —y de lo que se «pasa»— en la calle. Los versos de Góngora que cito no sólo encierran el hallazgo en 1610 de una actitud que la década de los 80 del siglo pasado «inventó» para oponerse y censurar a la censura; para mostrar lo que sería quizá, desde entonces, la endeblez de la adolescencia y de su deficiente educación (hoy la sufrimos impertinentemente).

El pasotismo de don Luis no tiene nada que ver con el de la ‘Transición’ sociopolítica española, sino que hinca su raíz en un generador crítico que, como hoy, perseguía una salida fuera de la realidad circundante. El terceto pasota dice mucho, aunque sabido es que Góngora, además, busca en los valores simbólicos de su obra la fuerza que veía insuficiente en la dirección política de España, mal endémico de nuestro caos y una de las causas por las que sufrió la agria e injusta persecución de la crítica y de la censura y por la que se le negó el pan y la sal en la Corte (y en ello Quevedo tuvo mucho que ver).

Su inconmovible esperanza no le proporcionó el éxito «social», pero hizo del poeta un buscador errante que a cada frustración acrecentaba su amargura, su soledad, su rigor crítico. La mueca irónica era un gesto de «desencanto», la confirmación de su ostracismo inducido por el tráfago burocrático de Madrid.

Esta certidumbre es el motor que pone en marcha todo el mecanismo de renuncia, de denuncia y de rebelión: liberar el espíritu como componente íntimo necesario en todo proceso reivindicador, digo capitulador.

Frente a los redichos mensajes de las políticas coyunturales (aunque todas lo son, no nos engañemos), esos mensajes en que se nos pide siempre la cíclica y coyuntural solidaridad en favor de la praxis del Estado; hoy, precisamente, es más necesaria la diversificación, ser UNO frente a ese Estado, frente a cualquier Estado. Por eso me uno a Góngora, a la osadía de su pasotismo amargo y genial para reclamar el buen sentido del capitulador egoísmo, pues «No espero en mi verdad lo que no creo…»

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