Bergson y Bodei ≠ Kojève y Fukuyama

Este texto de 2005 (que aparecerá en el volumen V de El viaje exterior. Ensayos censores), avanza el porqué de las recientes movilizaciones e invocaciones de legitimidad de los intranacionalismos fundadas en el histórico saqueo demográfico de la España rural.

«El tiempo, en general, lo mismo que la lengua, es pura potencialidad que sólo el acto determina, fundamentando así el presente… De manera que el acto es el ‘después’ empírico de un ‘antes’ puro». Tomando esta lectura vital de Henri Bergson respecto a la propuesta aristotélica de la potencialidad y la acción del ser, Remo Bodei la actualiza para trasladarla a una realidad de clara eminencia política: «La potencia» —dice Bodei— «es una forma de pasado no cronológico y el acto la percepción. En esta percepción se inscribe el reconocimiento del presente como única realidad histórica negando la procedencia de un pasado cuando éste es conflictivo para el pensamiento y la práctica política». El objetivo al que apunta Remo Bodei es la negación de la tesis de Kojève o Fukuyama relativas al ‘fin de la historia’, desenmascaradas como fruto ideológico de la voluntad de negar el futuro y vehículo de una concepción que nos transformaría en ‘epígonos o espectadores de nuestro mismo poder-ser’».


Y es que, en efecto, lo que quiere decir Alexandre Kojève es que la lucha moderna por el reconocimiento, basada en la violencia del esclavo-proletario, ha terminado (aunque pueden abrirse otros conflictos); y lo que dice Francis Fukuyama, de manera ideológicamente propagandista, es que la caída del muro de Berlín y la disolución de la Unión Soviética han dejado en el mundo, como vencedor único, a la economía de mercado y, como presunta consecuencia, su forma política: la democracia parlamentaria.


Ocurría, desde luego, y desde hace años, que cualquier reflexión política contraria a esas tesis había desparecido del debate, ni siquiera podía existir como vector potencial en el espacio político. No sólo eso, sino que la naturalidad con que el neoliberalismo expresaba y difundía su pensamiento a través de los guiñoles de sus democracias parlamentarias llegó a cercenar la importancia trascendental de las voces del asociacionismo crítico, de los espacios sociales colaborativos capaces de organizar propuestas distintas, diametralmente opuestas a la uniformidad capitalista. La placidez con que éste ejercía sus métodos llegó a fundar en el egotismo financiero la verdadera importancia del ‘ser’ ciudadano ‘en acto’, cuyas quintaesencias son Bill Gates, Amancio Ortega, Carlos Slim y unos cuantos etcéteras locales en los que nos fijamos con ojos de auténticos cárabos y que son llamados a formar parte de determinados círculos de opinión o a asesorar iniciativas económicas y sociales de trascendencia universal y, consecuentemente, de efectos políticos globales.


Alguien se ha atrevido recientemente a negar esa prevalencia perversa; sin embargo, ha quedado en el ejercicio político una especie de inercia que empuja hacia el ego social y hacia todas sus demás modalidades, poniendo en práctica actitudes que encarecen el subjetivismo y saldan el objetivismo (base de toda democracia sujeta a la ponderación crítica) mientras que, al mismo tiempo, niegan validez participativa a quienes creen en el esfuerzo común y persiguen precisamente la consecución de los legítimos derechos del ‘procomún’, una entidad que, lejos de ser abstracta, muestra ahora con evidencia el paso de ‘ser en potencia’ a ‘ser en acto’. Ya lo es, y actúa, y, sin embargo, el árbol de otro egotismo, el político (es decir, las diferentes versiones y niveles del ejercicio del Poder), está cegando la necesidad de contar con quienes cooperativizan el esfuerzo en defensa de los intereses asociativos —ya sean institucionales o naturales— por encima de las «ocurrencias» individuales. La concesión de una distinción privada —no importa de qué jerarquía— constata la tendencia a la notabilidad, la misma que niega con horror la hipótesis de su dilución en el anonimato de aquel procomún cada vez más común. Un ejemplo: la jerarquía y la notoriedad territoriales se han impuesto no porque en puridad las ostenten, sino por estrategias mediáticas y por el arqueo de caja político, estrictamente político. Otro ejemplo: el bárbaro desequilibrio entre la España industrializada y la España ruralizada es de tal dimensión que hoy resulta perfectamente comparable a las relaciones tardofeudales del Renacimiento. El procomún de los territorios ruralizados (¡¡el 85% del total!!) se encuentra permanentemente silenciado y sin herramientas que faciliten su acceso a la dinámica de una verdadera competencia económica. Otro ejemplo: semejante estado de desquilibrio es el resultado de políticas privilegiadoras basadas en la «injusticia» distributiva de la riqueza, ahora —y desde la Transición— moralmente sancionada por la democracia. En fin, el imparable ascenso de las comunidades enriquecidas a costa de aquellas políticas inversoras y de la fuerza de trabajo exógena (procedente de esa España rural) propiciará la exigencia onfálica de mantener su estatus económico a partir de proclamas políticas de segregación. Los intranacionalismos se encuentran a la vuelta de la esquina y se soportarán en ilegítimos fundamentos de diferenciación; dará lo mismo qué tipo de diferenciación, porque la única realidad que los evidenciaría sería el saqueo demográfico del resto del territorio del que forman parte, evidencia que les resulta imperativo ocultar y silenciar. Retomemos a Bodei: «En esta percepción se inscribe el reconocimiento del presente como única realidad histórica negando la procedencia de un pasado cuando éste es conflictivo para el pensamiento y la práctica política».


Y me temo que así ocurrirá

Henri Bergson
Remo Bodei
Alexandre Kojève
Francis Fukuyama (tomada de La Razón)
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